Ensayo. Fragmento de Tesis Magister "Decapitatio: Acción y efecto de decapitar", 2011

 


 BATAILLE Y ACÉPHALE (O LA MUERTE DE LA RAZÓN)

 

La vie humaine est excédée de servir de tête et de raison à l’univers. Dans la mesure où elle devient cette tête et cette raison, dans la mesure où elle devient nécessaire à l’univers, elle accepte un servage.[1]

 

A partir del siglo XIX comienza una nueva aproximación al cuerpo humano en las artes visuales de occidente, surgen por ejemplo, los estudios de cabezas decapitadas por la revolución Francesa, o bien, los modelos para retratos de figura humana basados en cuerpos depositados en la morgue. Tal es el caso de Géricault, por ejemplo, quien realizó Le Radeau de la Méduse basado en los estudios de fragmentos humanos a los cuales le dio acceso el Hospital Bichat.

 

En la publicación en torno a la exposición Crime et Châtiment (Musée d’Orsay, París, 2010),  Jean Clair sugiere una hipótesis en torno a la nueva concepción del hombre, reducido a un puzzle físico compuesto por partes, en vez de un solo cuerpo. Plantea que la generalización de la medicina y las prácticas penales del siglo XIX han llevado a la desaparición de la dignitas, entendiendo este último concepto como la unidad física y espiritual de una persona individual, convirtiéndola así, en una composición de fragmentos fisiológicos indiferentes. Esta sería entonces, una primera etapa de la percepción del hombre como conjunto de partes, que dará lugar a las visiones que posteriormente rescatarán la cuestión de la cabeza como individuo.

 

Georges Bataille decide llevar este nuevo acercamiento a la cabeza cortada un paso más adelante, preguntándose filosóficamente sobre el cuerpo sin cabeza, es decir, el ser acéfalo. En 1936 publica el primer ejemplar de la revista Acéphale con el fin de promover la irracionalidad como medio de libertad humana, como manera de despojarse de las cadenas simbolizadas por un “deber ser” social determinado por sus propios límites. Junto con otros escritores, críticos y filósofos como Pierre Klossowski, Georges Ambrosino, Roger Caillois, Jules Monnerot, Jean Wahl (entre otros que esporádicamente participaron de esta publicación), Bataille crea una guerra contra lo que considera un orden conductual y social pre-establecido, generando un discurso antisistémico y reflexivo en cuanto a la postura del ser humano en la sociedad moderna. Elige como representación de estas ideas a un hombre decapitado y (contradictoriamente) radiante de vida, aludiendo al concepto de pérdida de la razón como único medio de alcanzar una libertad espiritual.

 

La revista duró sólo tres años, de 1936 a 1939, con cuatro números publicados. En ella además de rechazar la esclavitud del hombre hacia lo racional e instruido, se re-posicionan frente a la religión, a la percepción de lo sagrado y la necesidad de la muerte. Cuestionan las bases  de movimientos políticos y sociales, al mismo tiempo que reivindican el valor de algunos personajes – como Nietzsche – polemizados mediante una opinión masiva y lapidaria. Pierre Klossowski se encargó de rescatar la obra de Sade (de quien Bataille ya había escrito en su Literatura y el Mal) como referente de liberación a través del desenfreno y la exaltación de límites tanto psicológicos,  como sociales o culturales. La figura de Sade y su literatura representan para su discurso de trascendencia un perfecto ejemplo. El hecho de que haya escrito Justina o los infortunios de la virtud encarcelado imaginando hombres y situaciones sin límites, es una paradoja perfecta para la concepción de Klossowski en Acéphale.

 

 

El acéfalo y la muerte como sacrificio

 

No se trata en absoluto de morir, sino de encaramarse «a la altura de la muerte». Un vértigo y una risa sin amargura, una especie de fuerza que crece, pero que se pierde dolorosamente en sí misma y alcanza una dureza suplicante, eso es lo que realiza en un gran silencio.[2]

 

De esta manera se refiere Bataille en el texto El Sacrificio (1933) a la muerte voluntaria y al proceso de trascendencia de los límites de la vida y del propio ser humano. Para Bataille, la muerte es el único método para salirse de sí mismo, de un interior contaminado por dogmas preestablecidos, para volverse a un interior puro y verdadero. Sólo desde una experiencia cercana a la muerte –plantea en Acéphale- es posible cambiar la perspectiva de ésta y transformarla en una vivencia trascendental. A partir de un acto sacro, como puede ser el sacrificio humano con un fin espiritual, es posible redefinir las percepciones sobre la muerte y lo sagrado. Es por eso que Bataille considera que el ejército y la religión son los únicos métodos mediante los cuales el ser humano puede relacionarse de manera directa y pura con la muerte, pues motivados por diferentes argumentos, se preparan para ello: es la muerte y la actitud frente a ella, los que determinarán la liberación del sujeto de sí mismo.

 

Se podría precisar entonces, que más que la reivindicación de ciertos personajes y sus obras (como los ya mencionados Sade y Nietzsche), lo que realmente se reivindica con Acéphale son los conceptos trabajados en torno al exceso y a la transgresión de límites y convenciones sociales, como pueden ser las ideas de violencia, muerte o sacrificio humano.

 

El concepto del sacrificio es fundamental en la creación del hombre acéfalo y tiene directa relación con la intención de mantener un orden cósmico, a través de un acto sagrado. La idea del sacrificio religioso cambia el orden de consecuencia entre la vida y la muerte: la importancia del acto radica en la muerte para conseguir una vida, y no al revés. Es necesario pasar por una muerte para alcanzar el sentido de este nuevo ser (o estado de conciencia). En ese sentido, muerte y vida se unen para lograr un mismo objetivo, tal como en los casos de sacrificios humanos donde se establece el mismo orden de prioridades (muerte y luego vida), en que la primera se convierte en un tránsito, para llegar a la verdad. “La vérité est la mort” va a decir Bataille en el primer número de Acéphale, refiriéndose justamente a lo que busca con el gesto de la decapitación del hombre. Este diálogo entre vida y muerte, Masson lo graficará en la creación estética del hombre acéfalo, colocando una calavera en lugar de los genitales: desde el símbolo de fertilidad nace la muerte.

 

La imagen simbólica que plantean en Acéphale, a través del acto sacro, se plantea como una experiencia “ferozmente religiosa”, de ahí que ha sido llamada “la religión de la muerte”. Desilusionados con el mundo terrenal, buscan la analogía con la religión no por el lado dogmático evidentemente, sino por el de la trascendencia espiritual como único medio de salvación de la esclavitud de la razón. Plantean que el hombre está destinado a verse reducido por el análisis racional y que la única manera de que la inteligencia logre sobrepasar sus propios límites es yendo contra ella misma, decapitándose.

 

Como explica Foucault en su Prefacio de la transgresión[3], gracias a la muerte simbólica que propone Bataille para Acéphale –y a través de una anulación de límites (adquiridos socialmente)- es posible encontrar la verdadera experiencia interior. Ante esta contradicción conceptual, es decir, la imposibilidad de la existencia de un interior sin un exterior (y por lo tanto un límite entre éstos), cabe aclarar que para Bataille la importancia de la muerte de la razón y de las normas con las que ésta se impone en la sociedad, radica en el acto que da la muerte, en el caso del hombre acéfalo, la decapitación.

 

El ser decapitado que ilustra estas ideas de Bataille, representa justamente al hombre resucitado después de su sacrificio. Es decir un ser sobrenatural, fuerte, que vuela o que se posa sobre grandes montañas. Jean Clair relaciona la representación del acéfalo de Masson con la figura mitológica del Titán: seres fuertes, desmesurados y agresivos que se rebelan contra los dioses del Olimpo (quienes a su vez representan el bien, el orden y la razón). Resulta interesante esta analogía al revisar la historia del líder de los Titanes, Crono, quien en la mitología griega castra a su padre Urano y en su forma romana, Saturno, se come a sus hijos, ambas acciones con el fin de gobernar el universo. La maldad y el poder intrínsecos en la figura de Crono, se pueden relacionar con los métodos utilizados por el acéfalo para adquirir el poder que busca a través del acto de liberación y decapitación. Sus enemigos son quienes simbolizan la mesura y la razón, y no son nada menos que sus hijos y su propio padre, sin embargo, en un acto de agresiva irreverencia, los mata. Y no de cualquier forma, sino de las maneras más violentas posibles: comiéndoselos vivos a unos y castrando al otro. Gracias a la transgresión de los límites del bien, Crono busca conservar y enaltecer su poder frente a los Dioses del Olimpo. A través del exceso (la decapitación), de la muerte y de la veneración a la violencia, el acéfalo se ha librado de la razón.

 

El concepto del ser acéfalo como un ser libre y todo poderoso encuentra sus orígenes conceptuales en el superhombre de Nietzsche. Ambos dejan de ser hombres, se convierten en héroes a través de un sacrificio necesario para quebrar un sistema conductual y moral de masas. Van a cuestionar el valor intrínseco de la vida: el sentido de ésta no va estar sólo en la mera existencia, sino que será necesario buscar más allá, trascender el valor pre-establecido en el orden de la sociedad, basado en una religión que ha institucionalizado lo sagrado. Pero aquí es necesario hacer una diferencia entre la institución religiosa y la percepción de lo sagrado para Bataille. Es el mismo orden cósmico que culturas como los aztecas buscaban mantener a través de sus ritos y sacrificios humanos, que Bataille busca alcanzar liberándolo de la racionalidad de una institución que se ha apropiado de su significado.

 

Ambos héroes son creados desde una misma inconformidad hacia un sistema basado en la racionalidad e instrucción del hombre y la única manera de liberarse de ese orden es despojándose de todo comportamiento adquirido, manteniendo sólo aquello que surge como instinto, desde un extremo, traspasando los límites establecidos como conducta social correcta. En ambos casos, esta disposición se asocia con conceptos de violencia, destrucción y muerte, ideas fundamentales tanto para el acéfalo como para el superhombre de Nietzsche.

 

Procesos simbólicos en un contexto político

 

La revista Acéphale fue creada como una instancia de reflexión sobre temas contingentes a su época, traducidos de manera filosófica y simbólica. Sin embargo, frente a la dificultad de abstracción de un contexto histórico determinado por las fuerzas de un fascismo instaurado en Europa hacía ya algunos años (y a un año de la Guerra Civil Española), muchos contemporáneos a Bataille le criticaron una cierta impostura política, incluso hubo quienes lo tildaron radicalmente de fascista.

 

Pese a estos conflictos con sus pares, hoy resulta evidente que era la conciencia de los procesos políticos y sociales de la época, la que dio cabida al marco teórico de Acéphale. La desilusión frente al sistema; al ejército como símbolo de masas de personas carentes de pensamientos propios; a los nacionalismos acérrimos que comenzaban a surgir cada vez con más fuerza; a los extremos políticos donde todos acataban sin cuestionar, entre otros elementos, llevaron a Bataille a tomar una posición. Acéphale es una reacción ante las problemáticas propias del proceso histórico en que vivía y su postura era simbólica y crítica.    

 

El postulado ideológico de la revista, trascendía cualquier tipo de partido u opinión “terrenal” sobre la sociedad moderna. Abanderarse con alguna ideología política es justamente lo que buscaban evitar y era además, un fenómeno sobre el que reflexionaban en las publicaciones de Acéphale. La defensa y corrección que hacen de la lectura de Nietzsche[4] y la apropiación de sus postulados por parte del Nacional Socialismo, es una prueba de aquello. Bataille se reusa a ver al filósofo reducido a un pensamiento sin matices, repudiando al fascismo al mismo tiempo que desconfía de la democracia.

 

Fue esta actitud revolucionaria (más cercana quizás al anarquismo) la que dio lugar a las múltiples críticas, además de varios conflictos internos con los colaboradores de la revista. Y es que en tiempos sumamente complejos sociales y políticos no se entendía la discusión sobre procesos simbólicos, como lo proponía Bataille.

 

Sobre el origen y la iconografía del hombre Acéfalo

 

Para graficar al nuevo hombre resucitado, utilizaron grabados realizados por el artista francés asociado al surrealismo, André Masson. Las imágenes utilizadas variaban según el texto al que acompañaba, pero siempre tenía la constante del hombre que simbolizaba la publicación: un hombre sin cabeza, desnudo, con brazos y piernas abiertas; el intestino marcado cuál si fuera una serpiente. En lugar de pezones tiene estrellas y en vez de sexo, una calavera. En la mano derecha empuña una granada con llamas y en la izquierda, una daga.

 

El ser sin cabeza, o acéfalo, ha sido representado en numerosas culturas como demonios, monstruos o seres de poderes mágicos comúnmente relacionados con la muerte.

 

En la mitología griega, egipcia y china existen seres acéfalos conocidos como Blemmyes o Blemias. Estos son una raza mitológica de hombres sin cabezas cuyos ojos y boca se encuentran en el tórax, que van a influir en las supuestas visiones de estos seres durante  siglos. Ya Plinio el Viejo describiría en el libro V de su Historia Natural, a pueblos africanos cuyos habitantes carecían de cabezas, por lo que sus rasgos faciales se encontraban en el pecho, aludiendo así a los Blemmyes.

 

Durante mucho tiempo se siguió creyendo en los seres sin cabezas, principalmente durante el siglo XVI, cuando la excursiones agrandan su perímetro incluyendo pueblos del continente americano. En dicho período, muchas tribus fueron catalogadas por viajeros como pueblos acéfalos. Tal fue el caso de los Ewaipanomas, ubicados en el sur de la Guayana, quienes, debido a un particular modo de llevar el cabello y por sus rasgos fisiológicos, parecían como si no tuvieran cabeza. De esta manera, en los dibujos y descripciones aparecen como un pueblo sin cabezas. La presencia de estos seres acéfalos en las crónicas de viajes se prolongó hasta el siglo XVIII, momento en que ya se les empieza a clasificar como seres fantásticos.

 

Por otro lado, en el imaginario religioso cristiano, se encuentran los santos cefalóforos, del griego “los portadores de cabeza”. Son aquellos santos que supuestamente murieron decapitados y que se les representa con la cabeza en las manos, como prueba de su santidad. Si bien existen muchos relatos sobre santos que murieron decapitados, no son muchos los que fueron representados posteriormente sosteniendo su cabeza en las manos, ya que la característica que une a este grupo de mártires es que después de la decapitación se levantaron y caminaron con su cabeza en las manos. La principal características de los santos cefalóforos se la da entonces una connotación mágica. A diferencia de otros mártires de la literatura cristiana que murieron decapitados y que son representados con los objetos de su martirio, la iconografía de los santos cefalóforos, buscó representar justamente la característica mística de su historia: la cabeza en las manos y el cuello abierto.

 

Los seres acéfalos han tenido constantemente una relación directa con la muerte. Ya sea como demonios que representaban el más allá, o como un dios cuyos poderes divinos le han sido otorgados a través de la decapitación, como el caso de Osiris en Egipto. Justamente ésta última es la analogía que rescata Bataille en el concepto de Acéphale, en cuanto a la recuperación de poder a través de una decapitación simbólica. 

Ya se ha establecido una relación entre el ser acéfalo de Bataille y la representación y significado simbólico de los Titanes en la mitología griega. Existe además una relevancia simbólica en la naturaleza representada por Masson (al igual que en el caso de los Titanes, quienes eran hijos del cielo y la tierra) en la mayoría de los grabados publicados en la revista. El ser acéfalo somete completamente a esta naturaleza que lo rodea, se alza sobre aguas y sobre volcanes en erupción. Se funde con las nubes sobre un paisaje de minúsculas proporciones en relación a este superhombre que todo domina. Y el entorno que nos muestra Masson no es un panorama tranquilo y armónico, son vientos que soplan con fuerza de un lado para el otro, son volcanes en erupción y olas agitadas. El ser acéfalo se sienta en las montañas como si fueran pequeños montículos de tierra y, despojado de cualquier tipo de sumisión o humildad, coge la granada en llamas con las dos manos, mientras su pies se posan (casi levitando) sobre una espada.

 

Todo, en este ser acéfalo, indica una amenaza desafiante y silenciosa. La calavera en vez de genitales, observa fijamente con un gesto irritado y agresivo. En algunas representaciones, como en el grabado Dionysos, la calavera, en una posible alusión a Medusa, tiene serpientes a modo de cabellera. Este mismo grabado destaca por lo saturado y caótico del entorno, en cuyo centro se posa el acéfalo, siempre con piernas abiertas y esta vez con llamas que salen de su cuello decapitado.

 

La representación de la calavera en vez del sexo, es, como ya se ha establecido, una metáfora entre la vida y la muerte. En un cuerpo decapitado, plantea Jean Clair, el centro simbólico importante pasa a ser el sexo, en este caso masculino. Y al cambiar el mismo por una calavera se le atribuye un peso fundamental dentro de la representación del acéfalo. Existe aquí otra alusión al sacrificio humano, sobreponiendo el cráneo del hombre, quien, a través de este acto, se transforma en un dios. La presencia de la calavera constituye un símbolo de muerte, un vértigo de la transgresión determinado por la falta de límites, de contención.

 

Mediante los textos que compusieron los cuatro números de la revista Acéphale, sus autores se cuestionaron sobre ciertas verdades (sociales) absolutas, generando instancias de reflexiones sin tabúes ni prohibiciones, quisieron aceptar, sin prejuicios, la contradicción entre bien y el mal inherentes en la vida misma, apuntando siempre a la emancipación de definiciones inamovibles y así trascender los moldes de una sociedad estática, como única vía para alcanzar un real estado de libertad.

 

Daniela Hermosilla Z.

 

Barcelona, 2011

 



[1] BATAILLE, G. La Conjuration Sacrée, para la revista Acéphale nº1, 1936

[2] BATAILLE, G. Obras escogidas. Barral Editores, Barcelona: 1974. Pág. 354

[3] Préface à la transgressionCritique, nº 195-196: Hommage à G. Bataille, agosto-septiembre 1963, págs. 751 - 769

[4] Para la reivindicación de Nietzsche destinaron dos números completos (nº 2 y 3), titulados Nietzsche et les fascistes: Une réparation